Esta es la primera entrada de reflexiones que voy ha hacer en el blog. Deseo que les guste.
Las ganas incontrolables de irte, lejos, a un lugar en el que nadie pueda encontrarte.
La mayoría, en algún momento nos hemos planteado el escapar de nuestras vidas, en irnos lejos, a algún sitio, a algún lugar en el que nada ni nadie pudiese encontrarnos. Un lugar en el que pudiésemos ser nosotros mismos, sin miedo al "qué dirán" de la gente. Y por mucha ayuda que tu familia te de, por muchos consejos que busques, no consigues desechar esa idea, bien por problemas personales, bien por otro tipo de infortunios.
Si has leído hasta aquí, quiero que sepas varias cosas. Si no te ha sucedido nada de lo que narré en el primer párrafo, no es necesario que continúes. Pero, si sí te has sentido así, o te sientes de esta manera ahora, entonces, te recomiendo que sigas leyendo. Porque a veces, es solo eso, un testimonio, alguien que lo haya vivido, lo que nos puede sacar del pozo.
Como en la mayoría de casos las palabras se las lleva el viento, y quiero que me entendáis bien, voy a narrar una historia. Pueden pensar que es real, o que es ficticia. Eso ya deben juzgarlo ustedes. La parte que está en color
violeta, es la voz del
narrador.
Y aquí, comienza la historia.
Un día nublado. Como otro cualquiera.
Micaela sonreía mientras garabateaba algo en un papel. No eran letras. Estaba dibujando.Desde que su abuela había fallecido, pocas veces habían conseguido sacarle una sonrisa. Sin embargo, nadie en su familia advirtió ningún cambio en ella. Nadie sabía el infierno interno que estaba pasando la joven.
Era cierto, que desde niña, Mika nunca había sido demasiado normal. Fue una lectora precoz, y, a sus 14 años, parecía perdida en otro mundo, tal vez en alguno de esos que descubría a través de sus novelas. Puede que su cuerpo estuviese ahí, sí. Puede que pudieses tocarlo. Pero hay algo que nunca podrías alcanzar; su mente.
Es probable, que por eso, sus familiares y conocidos se olvidasen frecuentemente de que ella existía. Era una chica con grandes aptitudes. Con darle una lectura a la lección, ya le bastaba para sacar la nota máxima. Y, lo único que pedía a cambio, era espacio. Y poco a poco, como Micaela no daba problemas, empezó a pasar desapercibida.
[ Ese día, me desperté con un cansancio increíble. Era como si mi cuerpo prefiriese quedarse quieto, en calma, dejando vía libre a mis pensamientos. Pero entonces sacudí la cabeza, me quité las mantas de encima y me levanté apresuradamente. No tenía prisa, ya que eran vacaciones de verano. Pero, después de todo lo que había valorado la noche anterior, no tenía ganas de seguir analizando mi situación. ¿Por qué pensar en algo perdido?
Bajé a desayunar. Mi madre pareció sorprenderse cuando cogí la jarra del café. Era como si no me hubiese visto. Suspiré. Al fin y al cabo, yo era silenciosa, y solía pasar desapercibida.
- Buenos días, Micaela- dijo ella-. ¿Te apetece desayunar?
Miré a mi madre como si no supiese lo que me estaba preguntando. ¿Si me apetecía desayunar? ¿No era algo obvio que me había levantado para eso? Suspiré de nuevo. Mi madre no tenía la culpa.
- Sí, claro- le dije, forzando una sonrisa.
Ella asintió con la cabeza suavemente, mientras me daba el bote de la leche, una taza y unos cereales integrales. Metí la leche en el microondas, con cuidado para no despertar a mi hermano, que aún dormía, en la habitación contigua a la cocina.
- Hoy nos vamos a ir a la playa- dijo entonces mi madre.
Yo la miré, cansada. No sabía nada de esa excursión.
- Ah, vale- tartamudeé-. Prepararé la maleta.
Mi madre me miró desconcertada, como si no se esperase esa respuesta. Me pareció que no le gustó.
- Verás- prosiguió ella-, como nunca te han gustado ese tipo de viajes, y las últimas veces no querías ir, no he reservado plaza para ti en el autobús. Perdona, la próxima vez...
Creo que ella siguió diciendo más cosas, más excusas. Yo simplemente me di media vuelta y me serví el desayuno. La frase me había impactado. Mi madre tenía que saber que me encantaba la playa, ya que muchas amigas iban allí. Y yo siempre había querido ir. Era... extraño. De todas formas, no era la primera ocasión en la que ocurría algo así.
- Oh, no hay problema. Me quedo sola en casa, ¿vale?- le dije, intentando ser agradable.
- ¿No te apetece quedar con una amiga? Andrea, o Marina, seguro que quieren quedar...- me dijo.
Sin embargo, se interrumpió a ver mi expresión. Sabía que odiaba que me dijesen si quería quedar con una amiga. ¡Si quería, lo decía! ¡Yo tengo boca! ¡Y cuerdas vocales!
- No, no me apetece. Estaré bien- le dije, sin imaginarme lo que ocurriría después.
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La mañana pasó rápido, mientras yo, tirada en el sofá, escuchaba música y veía culebrones, las telenovelas que ven las señoras mayores. "
A mi abuela le encantaban", pensé. Pero no iba a llorar. Porque Micaela McSummer's no lloraba. Nunca.
Con un suspiro, pensé de nuevo en lo que había pensado la noche anterior. Sí, irme... Seria interesante. Muy interesante. Mi familia no estaba. Iría a un bosque... Sí, nadie me encontraría... Sí. Estaba preparando una mochila cuando alguien timbró a mi puerta.
Mis padres volvían a las 9, y aún eran las 4. Así que, no eran mis padres, escondí la mochila tras la puerta, y abrí. Me encontré con un chico alto, muy guapo. Probablemente dos años mayor que yo. ¿Por qué estaría en mi puerta? No lo sé. Pero sé que el destino quiso que en ese momento me encontrase con él.
¿Por qué? Porque, gracias a él, encontré algo por lo que valía la pena luchar. Algo por lo que IBA A LUCHAR. ALGO POR LO QUE ME IBA A QUEDAR.
Algo, simplemente, que podría llegar a amar.
~~Fin de la historia~~
Espero de todo corazón que me hayan entendido. No estoy diciendo que el amor de su vida vaya a llamar a su puerta cuando lo necesiten. Estoy diciendo que para continuar, solo se necesita una razón por la cual seguir luchando.
Firmado: Arya Lágrimas de seda